La reina del verano, por Antoni Puigverd

Con paciencia, con mucha paciencia, las ciruelas claudias han madurado en una fuente de cristal durante días. Las hay de dos tipos. Unas de un verde violáceo que compramos en el súper y otras muy pequeñas, de un verde de oro, que encontramos en un colmado de pueblo. Cuando, al tentarlas, me han parecido no ya blandas, sino mórbidas, nos las comemos. Cuando está madura, la ciruela claudia es una reina. Una delicia carnosa, de una dulzura profunda y obscena.


 

LV

Josep Carner dedicó a esta fruta de agosto un poema delicioso como la mujer que describe. La mujer se llama Aglaia. Tiene el nombre griego, como todas las protagonistas de los poemas de Els fruits saborosos, publicado en 1906. Fue, en pleno triunfo del modernismo, el primer gran impacto del novecentismo catalán. “Contra natura, cultura”, exigía Eugeni d’Ors.

La ciruela claudia es una delicia carnosa, de una dulzura profunda y obscena

Carner depura la naturaleza con elegancia clasicista. Del junio de las fresas de bosque al otoño de las uvas, este libro de Carner relaciona la forma y el momento dulce de una fruta con una etapa del ciclo vital de las mujeres. De la infancia de Pandara, una chiquilla menuda como una fresa, que “cree que el cielo se acaba detrás del jardín”, hasta la vejez que ha deformado el cuerpo de Ligea, como le ocurre al membrillo que ha envejecido en la rama y, sin embargo, “dentro del cajón perfuma la ropa blanca”.

Aglaia es una mujer de la edad de agosto. Tiene el cuerpo moreno, de fruta madura. Sus labios se entreabren como la fruta ya muy dulce, que revienta. “Tiene en los ojos el fulgor brillante de un puñal”. Es mediodía, que en el ciclo de las horas diurnas simboliza la madurez, al igual que el mes de agosto. Aglaia dormita bajo el ciruelo, una “isla verde, ceñida de claridad”. Todo es luz, calima, aire ardiente. “¡Cómo se refocila el solitario agosto sobre del campo!”. Aglaia tiene sed, rompe el descanso y alza sus brazos hacia el árbol.

Aquí se produce una sutil mutación del mito de Eva: el ciruelo “serpentea” y parece ofrecer “el oro, la miel de algún pecado”. Cuando la mujer hunde la mano entre las ramas y después muerde una ciruela, el árbol se estremece ante “la ferocidad” de unos “dientes tan blancos”. El bochorno, el olor de la mujer y la dulzura de la ciruela se funden. Azucarada, ­obscena, sudorosa sensualidad de agosto.

Lee también

You may also like...